Antropocentrismo, eurocentrismo y machismo, tres lacras sin sentido.

Los animales del mundo existen por sus propios motivos. No han sido hechos para los humanos, así como la gente negra no ha sido hecha para los blancos, ni las mujeres para los hombres.
Alice Walker

Somos animales:

En 2009, se celebraron los 150 años de la publicación de la obra que revolucionó la ciencia: On the Origin of Species (1859) del naturalista inglés Charles Robert Darwin. En esta obra, Darwin exponía los principios básicos de la Teoría de la Evolución, la cual se regula por el mecanismo de la selección natural,  explicación del origen y la variedad de todas las especies del Planeta.

Hoy sabemos que Darwin revolucionó el estudio de la ciencia biológica, a pesar de que en su tiempo revolucionó la sociedad europea causando un verdadero alboroto. Para Darwin, publicar sus teorías no fue una decisión fácil, ya que la Teoría de la Evolución fue considerada una verdadera blasfemia que pretendía romper con el supuesto orden natural regido por la Teoría de la Creación. Según la tradición judaico-cristiana, el ser humano ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza y es, por supuesto, lo mejor de la creación. El resto de animales y plantas fueron creados por Dios para satisfacer las necesidades del ser humano. Darwin fue criticado, ridiculizado y por supuesto caricaturizado por los humoristas de la época. Las sociedades europeas y coloniales del siglo XIX consideraban una locura pensar que el ser humano “venía del mono”. Era inaceptable, el blanco europeo no era comparable a los otros animales.

En 2009, Darwin volvió a ser portada en los periódicos más importantes del siglo XXI, pero, esta vez, fue reconocido como uno de los científicos cuyo trabajo ha aportado más al estudio de las ciencias biológicas. 150 años después de la publicación de El Origen de las Especies, Darwin es respetado y valorado como una figura excepcional en el avance de la ciencia. Ya nadie se burla de él y ya nadie pon en duda los principios fundamentales de sus teorías. Venimos del mono y somos también animales. No fuimos creados por Dios y no somos lo mejor de la creación…   La especie humana, o el homo sapiens sapiens (es decir: el que se autollama sabio dos veces), se ha formado, como todos los animales  a partir de la evolución otras especies que por su propia evolución han terminado por extinguirse.  El orrorin tugenensis (cuya etimología procede de “original man”) es uno de los primeros ancestros humanos descubiertos recientemente. Los hallazgos paleontológicos que lo determinaron se encontraban cerca del lago de Tungana (Sudeste Africano).  A partir de la evolución de este,  se formó el género australopithecus, (cuya etimología griega significa “Mono del Sur”);  los australopithecus  son los ancestros de los individuos del género homo.

Probablemente, la respuesta de los contemporáneos de Darwin nos sorprenda, las diferencias entre los siglos XIX y XXI no son tan sólo relativas al nivel de avance del conocimiento científico, también lo son a nivel social. La Humanidad de hoy acepta científicamente su animalidad, la del siglo XIX no podía aceptar semejante afirmación. En el siglo XIX, el poder y la credibilidad de la Iglesia eran más que suficientes para negar las investigaciones científicas e imponer sin obstáculos sus dogmas a las sociedades de tradición cristiana, por ello, la Teoría de la Evolución no fue aceptada por la mayoría de la comunidad científica hasta los primeros años del siglo XX y oficialmente no se reconoció hasta la década de los años treinta. No obstante, algunas instituciones de enseñanza estadounidenses todavía hoy niegan la Teoría de la Evolución.

Aunque nos pese, la especie humana constituye una evolución bastante extraña en el sí del medio natural, hecho que nos puede llegar a plantear que es posible que en algún momento de nuestra evolución estuviéramos destinados a la desaparición, sería lógico creer que nuestra supervivencia y evolución se deba a algún tipo de error.  El investigador Josef H. Reichholf, profesor de biología evolutiva y ecología en la Universidad de Munich, expuso que la especie humana podría haber sido un “accidente de la evolución”.  En la introducción de su obra La Aparición del Hombre (1994), plantea un hecho tan incomodo como lógico, somos un producto de la evolución muy inusual y en ciertos aspectos somos bastante incompletos y, por ello,  nuestro equipamiento biológico presenta toda una serie de dificultades:

-Nos vemos obligados a proteger nuestro cuerpo de las condiciones climáticas hecho que no ocurre con los chimpancés, gorilas, pingüinos…

-Tenemos que luchar con problemas de postura. Puesto que aunque en nuestro origen éramos cuadrúpedos andamos erguidos (somos bípedos).

-Nacemos en medio de tremendos dolores, porque nuestro cerebro altamente desarrollado, ocupa tanto sitio que la cabeza apenas cabe por el canal del parto.

-Tenemos ciertas dificultades en nuestra alimentación, nos resulta muy difícil digerir determinados alimentos en crudo. 

Por lo tanto, si tenemos en cuenta todas estas insuficiencias, podríamos decir que somos un accidente de la evolución, por nuestras características físicas no deberíamos haber sobrevivido ya que no nos hubiéramos podido adaptar al medio, pero nuestra capacidad psíquica nos permitió esta complicada adaptación. No obstante, seguimos siendo animales y todos los animales veníamos de la evolución de un ancestro común.

 

 

Todas y Todos Somos Africanos:

Si nos resulta embarazoso pensar que la sociedad europea se negó a aceptar su animalidad, mejor que nos preparemos para conocer la farsa organizada por la comunidad científica británica para negar los orígenes geográficos del ser humano, todavía resulta más esperpéntico.

Hace, aproximadamente, siete millones de años, se produjo en África Oriental la bifurcación evolutiva que dio lugar a dos ramas altamente evolucionadas de primates: los chimpancés y los seres humanos, ambos, simios que han perpetuado su adaptación al medio, ambos originalmente arborícolas braquiadores. La bifurcación se produjo cuando los ancestros humanos abandonaron su condición arborícola braquiadora para convertirse en un animal terrestre: el inicio de la humanidad empezó cuando estos empezaron a pisar el suelo y a caminar sólo con dos patas (bipedismo).

No hay otro animal en el mundo que sea totalmente bípedo, sólo el ser humano. Este es el único rasgo diferenciador que tenemos respecto a los otros animales.

La mayoría de prehistoriadores atribuyen la aparición de los ancestros humanos a un accidente geológico: la elevación de las llanuras del África Oriental, ubicadas al este de la gran falla del Rift, lo cual habría causado una importante sequía. Los primates que quedaron aislados en esta zona de sabana, a diferencia de chimpancés, bonóbos y gorilas, tuvieron que adaptarse a un medio distinto, más seco y más peligroso. Una estrategia para la supervivencia fue bajar de los árboles y empezar una diversificación de la alimentación (omnívorismo), dada la escasez de recursos.

Después de la publicación de El Origen de las Especies, el mismo Darwin planteó que el origen geográfico del ser humano probablemente se encontraba en África, dado que en este continente pervivían las especies de simios más semejantes a los seres humanos (Darwin, El origen del hombre, 1871), incluso, previamente a Darwin, el etnólogo James Prichard sostenía que existían suficientes evidencias para determinar que los seres humanos descendían de la población del África negra (Prichard, 1851).

Las fuentes más actuales de información paleoantropológica permiten concluir que el Homo sapiens se desarrolló en el África Subsahariana, hace entre 140.000 y 200.000 años y, que desde África, empezó la colonización de todo el Planeta, una aventura de miles de años. Este proceso es conocido como la teoría Out of Africa, Teoría desde África o Hipótesis de la Migración desde África.

Todas y todos descendemos de África, África es nuestro origen, África es la cuna de la Humanidad.

Aunque no fue fácil, finalmente, la comunidad científica europea tuvo que aceptar la animalidad humana, sin embargo, no estaba tan dispuesta aceptar su origen africano, esto era ya demasiado. De ninguna manera los europeos podían aceptar que descendían de África porque se creían, por naturaleza,  superiores a los africanos.

El siglo XIX fue un siglo de descubrimientos y avances espectaculares,  el XIX es para la Gran Bretaña la Era Victoriana (relativa a la Reina Victoria), para los británicos es, sin excepciones, su época dorada, siglo en que esta potencia europea deviene la primera potencia colonial, industrial y económica a nivel mundial.  El Victorianismo es un momento de avance económico, pero también de esplendor cultural y, sobretodo, de avance científico en el ámbito anglosajón.  Lógicamente, la primera potencia económica del momento también tenía a su servicio una élite científica de primer orden, entre la cual destacaban figuras tan brillantes como Darwin. Una élite científica que sentía y vivía el orgullo de ser británico, el orgullo de pertenecer a la gran potencia.  Y Gran Bretaña, junto a otras potencias europeas de carácter menor,  dominaba gran parte de África y del Mundo;  los británicos, como todos los europeos, sentían una superioridad natural respecto a los africanos y respecto a todas las etnias no cristianas, quienes eran considerados los subhumanos.

Esta falsa superioridad, aunque incuestionable para la mentalidad de la época, se determinaba por tres razones básicas. En primer lugar, las diferencias marcadas por los rasgos físicos. Los no europeos no eran físicamente como los humanos blancos. En segundo lugar, los no europeos eran unos incivilizados y unos idolatras, eran como animales y no siempre mansos. En tercer lugar, los no europeos no eran inteligentes,  no habían sido capaces de desarrollar la tecnología que habían conseguido desarrollar los blancos. La imposición a través de la fuerza militar y la legitimación moral derivada de la religión cristiana (obligación de evangelizar o lo que se entendía como civilizar) eran el pretexto para tener la razón y sentirse superiores.

 

Por muchos complejos de superioridad y excentricidades, las evidencias científicas apuntaban a África como cuna de la Humanidad, para nada a Europa. Esto fue un golpe difícil de encajar para la élite científica eurocéntrica, especialmente, la británica, que trabajaba para encontrar las pruebas científicas que pudieran atribuir las mejores virtudes humanas a los anglosajones y para demostrar que estos estaban predestinados a formar un gran imperio mundial.  Por ello, la cuna de la Humanidad, no podía ser África, los primeros humanos no podían ser los considerados subhumanos, la cuna de la Humanidad tenía que ser Inglaterra, la tierra original de los bretones, en la cual se establecieron los anglos y los sajones.  Como excentricidad,  intento de legitimación de la hegemonía británica o por alguna otra razón de disputa entre científicos, se ingenió uno de los fraudes más sonados de la Historia de la Paleoantropología: el Hombre de Piltdown.

En 1912, un campesino encontró en un campo de la localidad de Piltdown, en el condado de Sussex, unos restos óseos antropomorfos muy extraños. Un cráneo, una mandíbula y un diente. El campesino se los entregó a un arqueólogo aficionado,  Charles Dawson, quien los presentó, junto con el eminente paleontólogo Sir Smith Woodward, en la Sociedad Geológica de Londres, como los restos más antiguos de un ancestro humano. La prensa de la época rápidamente se hizo eco del hallazgo y empezó a hablar del eslabón perdido, denominándolo “Eoanthropus dawsonii”. Este fósil fue sometido a más de 500 ensayos y aceptado como auténtico por la comunidad científica.  La conclusión, tras el hallazgo, era que el eslabón perdido debería  haber tenido un gran cerebro pero igualmente presentar rasgos faciales simiescos y, por tanto,  evolucionar a posteriori a una apariencia con los rasgos característicos humanos (al contrario de lo que los fósiles verdaderos demuestran) y que este tenía su origen en Inglaterra.

        

Pero el Hombre de Piltdown era un fraude. El dentista A.T. Marston determinó que la mandíbula del “fósil” correspondía a un orangután, el diente a un chimpancé y el cráneo a un ser humano. Los posteriores análisis del contenido en flúor de los huesos demostraron que el color ferruginoso oscuro de los huesos se debía a un tratamiento químico, para uniformar las diferencias de color entre la mandíbula (más moderna) y el cráneo (más antiguo). Así, el engaño quedó desmontado y el fraude quedó demostrado.  Sin embargo, con el respaldo científico, este extraño montaje fue considerado verdadero durante 40 años (1912-1953).

Una vez destapado el fraude, empezaron los interrogantes sobre el por qué de tal engaño. Las miradas se dirigían a Dawson y se especulaba en que él habría querido así hacerse un nombre en mayúsculas en el mundo científico.  Aunque ya se han cumplido más de 100 años del hallazgo, las razones que motivaron esta patraña siguen sin aclararse, pero, lo cierto, es que durante más de 40 años, se consideró Inglaterra como cuna de la Humanidad. Desde la década de los años cincuenta, quedó aceptado que las evidencias más rigurosas no dejan lugar a dudas que nuestra especie tiene su origen en África.

A pesar de las diferencias entre etnias, la ciencia ha desvelado que la Humanidad entera es una gran familia.  El descubrimiento del Genoma Humano permitió determinar que en la especie humana hay muy poca variabilidad genética y que esto es debido a que el conjunto de toda la población mundial descendemos de un núcleo inicial de muy pocos individuos; es más, todos compartimos una gran madre ancestral, Eva Mitocondrial, la cual vivió en África Oriental hace 200.000 años.  Esta mujer recibe el simbólico nombre de Eva,  en relación al mito que se relata en el libro del Génesis.  El estudio comparativo del ADN mitocondrial entre diferentes etnias de todas las áreas del mundo, ha concluido que todos los seres humanos tenemos una ascendente femenina común por vía puramente materna.  Eva Mitocondrial fue la mujer africana que, en la evolución humana, correspondería al ancestro común femenino más reciente y que, por tanto, poseía las mitocondrias de las cuales desciende cada uno de los más de seis mil millones de seres humanos que habitamos el Planeta Tierra. No obstante, Eva no era la única mujer que vivía en África Oriental hace 200.000 años, pero sí que es la única con la cual todos compartimos la misma línea de descendencia genealógica.

El mito del Génesis de Adán y Eva, no está tan alejado de la realidad. La Humanidad es una gran familia y sus raíces son africanas.

Hombres y mujeres somos iguales:

La mayoría de especies del planeta están compuestas por individuos de dos sexos, machos y hembras. En biología, el sexo es un proceso de combinación y mezcla de rasgos genéticos determinados por cromosomas. Las variaciones fisiológicas que determinan si un individuo es macho o hembra son conocidas como dimorfismo sexual. En mayor o menor medida, todas las especias presentan variaciones determinadas por el dimorfismo sexual. En el caso de los insectos, los arácnidos, aves rapaces, anfibios y reptiles, las hembras suelen tener mayor tamaño, más fuerza física y más agresividad que los machos. En los mamíferos, se da lo contrario y en algunos casos, la diferencia de tamaño y fuerza es muy notable. Los humanos son mamíferos y los hombres suelen ser más altos y más fuertes físicamente que las mujeres.

La dinámica de la Historia ha sido una experiencia desigual entre hombres y mujeres. Las diferencias determinadas por el dimorfismo sexual han sido, como los rasgos étnicos, interpretados deliberadamente para discriminar a los individuos.  Las mujeres siempre han jugado con desventaja, no solo por su menor fuerza física,  también se les han negado sus derechos básicos para poder encontrar igualdad de oportunidades respecto a los hombres. La negación del derecho a la educación o la segregación sexual en la enseñanza, igual que la segregación racial, han servido como estrategia para limitar el desarrollo personal del individuo, disminuir la igualdad de oportunidades y evitar la competencia directa entre hombres y mujeres (o blancos y negros) en el alcance de puestos en altos cargos laborales, políticos, intelectuales, etc.

La genealogía del pensamiento Occidental siempre ha descalificado a la mujer, desde Aristóteles a la Biblia e, inclusive, en movimientos sociales tan importantes como la Revolución Francesa de 1789.

Aristóteles consideraba a las mujeres, a los esclavos y a los animales como seres sin finalidad en sí mismos, cuyo destino debía permanecer en manos del hombre libre, único ser que podía acceder a la razón. Según Aristóteles, la mujer era un ser incompleto, creado para dar vida a otros seres, la mujer era sólo el instrumento de reproducción para el hombre, ya que su menstruación era esperma estéril.

Según la Biblia, la mujer fue creada por Dios después del hombre y toda la tradición judaico-cristiana está llena de ejemplos de misoginia, como los mitos de Adán y Eva o el relativo a Edith, la esposa de Lot, de la ascendencia de Abraham, a quien Dios le castigó convirtiéndola en una estatua de sal.  

Según las teorías de Rosseau, todos los hombres merecían igualdad, pero no las mujeres, las mujeres debían ser educadas para el placer, lo que debemos entender como banalidad, para que su belleza fuera apreciada por los hombres.

 

El concepto “Derechos de los Animales” apareció por primera vez en Inglaterra como burla e ironía al primer ensayo feminista escrito por una mujer, Vindicación de los Derechos de la Mujer (1772) de Mary Wollstonecraft, un ensayo en el que la autora defendía a la mujer como un ser racional y, sobretodo, su derecho a poder acceder a la educación, ya que si la mujer tenía vetado el derecho a poder desarrollar sus capacidades intelectuales, siempre permanecería en desventaja respecto al hombre.  En una ridiculización de la vindicación de Wollstonecraft, La Vindicación de Brutus, el filósofo de la Universidad de Oxford, Thomas Taylor pedía también Derechos para los Animales.  Según Taylor, si el razonamiento de Wollstonecraft en defensa de los derechos de las mujeres se podía admitir como racional, entonces también «las bestias» deberían tener derechos. Taylor creyó haber reducido al absurdo la tesis de la Vindicación de los Derechos de la Mujer, sin embargo, el ensayo de Wollstonecraft ha hecho Historia, el de Taylor no.  Thomas Taylor fue un filósofo reconocido en la época. Mary Wollstonecraft soportó escarnios toda su vida, se la llamaba burlescamente  la “hiena con faldas”.

Años después, otro filósofo inglés, Jeremy Bentham planteó en la obra Introducción a los principios de moral y legislación (1789) que merecían derechos tanto las mujeres, como los animales, dado que sólo podemos considerar moralmente relevante la capacidad de sufrir de los seres y no sus capacidades intelectuales. Bentham planteaba  que no deberíamos preguntarnos si los seres pueden razonar o pueden hablar, si no ¿Pueden sufrir? Todo ser que tenga capacidad para sufrir merece una consideración moral.

Tras la Revolución Francesa, en 1789 se redactó la primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.  En 1791, la dramaturga Olympe du Gouges,  escribió su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana que comenzaba con las siguientes palabras: Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta.  La Revolución Francesa no comportó avances para los Derechos de las Mujeres y Olympe fue incomprendida y represaliada. El 3 de Noviembre de 1793, subió al cadalso con valor y dignidad para ser guillotinada.  Su único hijo renegó de ella públicamente poco después de su ejecución, por temor a ser detenido.

Las primeras manifestaciones por la lucha de la liberación femenina en Europa tuvieron un gran eco en Estados Unidos, especialmente,  en Estados norteños como Massachussets. La estrategia del movimiento feminista se centró en lograr su primer gran éxito,  el derecho al voto para la mujer.  Resulta muy llamativo que destacadas sufragistas fueran también vegetarianas, activistas por la abolición de la esclavitud y por la protección de la infancia.

Alice Paul, junto a Lucy Burns y otras compañeras de la Asamblea Nacional de Mujeres Sufragistas, logró el voto femenino reconocido en el artículo diecinueve de la Constitución de los Estados Unidos de América, 1920.

Años antes de la primera gran victoria femenina, una figura destacada en el movimiento sufragista fue Caroline Earle White (1833-1916), quien fundó la primera sociedad protectora de animales de Pensilvania (1867) y la American Antivivisection Society, 1883.

Las mujeres eran mayoritarias en el movimiento de protección de los animales, hasta el punto que para ridiculizarlas y descalificarlas, se les llegó a llamar “el montón de las zoofilicas” (1898). Destacadas feministas,  como Wollstonecraft  veían  un paralelismo en la violencia ejercida por los niños a “los pobres animales desgraciados que caen en su camino y la tiranía que los hombres ejercen sobre sus esposas, hijos y sirvientes”.

En la actualidad, las universidades cuentan con mayoría de alumnado femenino, ya nadie bajo rigor científico puede descalificar a las mujeres como seres inferiores.  Wollstonecraft reivindicó el derecho a la educación como base para que la mujer pudiera ser considerada como un ser racional. Todo ser humano, hombre o mujer, blanco o no, puede desarrollar sus capacidades.

La dinámica de 3000 años de Historia ha estado gravemente condicionada por las injusticias, por la discriminación a partir de las diferencias lógicas para el desarrollo de la vida, para la riqueza natural de nuestro planeta y el buen funcionamiento de los ecosistemas. Todos somos terrícolas, todos los organismos hemos evolucionado a partir de los mismos microorganismos hasta crear una rica biodiversidad en el Planeta, todos descendemos de la misma mujer y machos y hembras somos imprescindibles en nuestra especie, somos todas y todos, a pesar de las diferencias, la misma materia evolucionada y quizá, los seres humanos solamente seámos un accidente de la evolución.

Helena Escoda Casas

Licenciada en Historia por la UAB
Posgrado en Derecho Animal